¿Sigue siendo el castigo un método eficiente en la educación de los niños?

Esta es la pregunta que se hacen todas las mamás cuando sus hijos se portan mal. El castigo es una de las herramientas que más se ha usado y se sigue usando en la educación tradicional.

Dudo que haya alguien de nuestra generación que no haya sido castigada alguna vez, de una u otra manera. El castigo es una herramienta conductista, es decir, se utiliza con el objetivo de modificar una conducta, y se basa en asociar un estímulo a una respuesta.

Lo que hace el conductismo, en resumen, es utilizar refuerzos positivos (premios) para fomentar algunas conductas; y  también refuerzos negativos (castigos) para tratar de erradicar otras conductas. Es ahí cuando los niños deben aprender que determinadas acciones que se llevan a cabo tienen consecuencias, y que a veces estas consecuencias no son agradables.

Los castigos más frecuentes son:

  • El tiempo fuera: prohibir al niño permanecer en el lugar o el contexto donde ha exhibido una conducta considerada inapropiada (enviarlo a dormir, a su habitación, a la silla de pensar etc.)
  • Retirar estímulos positivos: prohibir cosas que le gustan al niño (ver la TV, retirar la tablet, ir al parque, salir a jugar con los amigos, quitar juguetes, videojuegos, etc..)
  • El castigo físico: el cual, no tiene nada de educativo.

Honestamente y bajo palabras de expertas en psicología, el castigo es un fracaso de la educación. Existe una forma muy bonita de enseñar, y quienes nos dedicamos a eso, sabemos que es posible, pero difícil de lograr, y se trata de seguir tres pasos: comprensión, educación y elección. Los niños que constantemente son castigados suelen tener una baja autoestima, porque van interiorizando los siguientes mensajes: “soy malo”, “no hago nada bien”, “no sirvo para nada”, “lo hago todo mal”. Y dependiendo de cómo sea su temperamento optan por dos caminos: uno, convertirse en adolescentes o adultos sumisos o ser agresivos; y creo que ninguna mamá en el mundo quiere esto para su hijo.

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Photo credit: thejournal.ie

Si los adultos pretendemos que los niños aprendan a respetar las normas y los límites, lo primero que hay que hacer es intentar ser un ejemplo a seguir y actuar reforzando las conductas adecuadas de los pequeños siempre que sea posible.

De verdad que en lo personal, es tan molesto, ver cuando los niños están saltando en una sala que no es la de su casa, y mamá únicamente le dice la típica frase “Ahorita vas a ver eh”, ¡pero no lo detiene! y no pone un alto, sabiendo que está siendo parte de una falta de respeto para la familia de esa casa. Por Dios mamitas, esto no puede suceder, aprendamos a educar a los hijos, y enseñarles el valor del respeto, qué necesidad de llegar a un castigo severo, cuando puedes corregir empezando por esos pequeños grandes detalles.

No obstante, hay momentos en los que será necesario enseñar a los niños las consecuencias negativas de sus actos y una manera de hacerlo será utilizando los castigos puntuales y haciéndolo de manera racional con el objetivo de educar a los pequeños. Para conseguirlo debemos tener en cuenta que:

  1. Nunca debe ser perjudicial para su autoestima. El castigo no debe entenderse como una forma de hacer sentir mal a los niños, de dañarlos o lastimarlos, sino como una consecuencia a una acción determinada.
  2. Al aplicar el castigo es necesario que los niños entiendan el porqué, y comprendan lo que ocurre cuando se realizan determinadas acciones.
  3. El castigo debe entenderse más bien como un trato. Es decir, lo que tenemos que hacer para conseguir algo, o cosas que no se deben hacer para dejar de lado las consecuencias negativas.
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Photo credit: Verywell Family

Que un castigo sea eficaz no significa que sea bueno, porque nadie quiere doblegar a su hijo, sino enseñarle, y eso se consigue razonando con él. Si un niño mete los dedos en el enchufe y le pegas y le dices “esto no se hace”, a lo mejor no aprende que “el enchufe es peligroso”, porque nunca mencionaste que así fuera, tal vez él entienda que “no tenía que ir gateando por el suelo”.

A un niño no hay que limitarlo, simplemente hay que decirle que en una casa hay unas normas de convivencia y unos valores morales, que los tiene que seguir porque forma parte de ese hogar. Por ejemplo, durante mi niñez en mi casa nunca hubo gritos ni golpes, por lo tanto, al convertirme en una persona adulta no creo que los gritos solucionen ningún tipo de conflicto y evito llegar a ese punto. ¿Por qué no robo?, porque mis papás me inculcaron desde pequeña el valor de la honradez. He ahí la clave. El problema está en que, en ocasiones exigimos a los niños cosas o actitudes que nosotros no hacemos. Por ejemplo, ¿a cuántos pequeños se les obliga a lavarse los dientes o a comerse una sopa de verduras y sus padres no lo hacen? Los niños ven que los mayores se gritan, y luego, cuando lo hacen ellos, está mal y vienen los castigos.

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Photo credit: Quaker Concern

 

Por otro lado, pegar o dar una cachetada no es aceptable bajo ningún concepto, pues de esta forma no sólo le haremos daño físico al niño, sino que le mostraremos que hemos perdido el control de la situación, y te lo juro, jamás lo olvidará.

 

Un niño tiene que aprender que sus actos tienen consecuencias. Que si grita o llora, no verá la tele porque no se lo ha ganado; y que cuando empiece a portarse bien de nuevo, recuperará ese privilegio. Sin embargo, cuando los castigas por todo, lo más probable es que se desmotiven, y piensen que si están castigados siempre, ¿qué caso tiene portarse bien?. Los niños necesitan normas y límites; cuando no los tienen, no saben qué es lo que deben hacer o qué es lo que se espera de ellos. Si no aprenden que las cosas hay que ganárselas, se pueden convertir en jóvenes infelices, porque todo lo consideran un derecho.

Si todos los padres fuesen expertos en psicología del aprendizaje, sabrían que la mejor manera de conseguir modificar una conducta es una combinación de refuerzos positivos (premios) y refuerzos negativos (castigos), y que si los primeros se hacen bien, los segundos no son necesarios. Hay que decir que de todas formas, sea cual sea el método que utilices, casi siempre tienen algún grado de efectividad y lo fundamental es aplicarlos bien, ya que cuando fallan es siempre por culpa de los padres.

El castigo es aparentemente eficaz

Es posible que la causa por la que el castigo permanece como herramienta educativa sea su aparente eficacia e inmediatez para controlar o detener el comportamiento inadecuado, o quizás simplemente sigue vigente porque fuimos educados así y por lógica natural tendemos a actuar tal y como actuaron con nosotros.

En cualquier caso castigar a un niño no es la mejor manera de educarlo. Mediante el castigo, a pesar de modificar las acciones en el momento, la raíz del problema no se soluciona y son muchos los niños que, pese a haber sido castigados por una conducta, siguen haciéndola cuando pueden o cuando creen no ser vistos.

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Photo credit: cityParent

En otras palabras, los efectos del castigo son momentáneos. El castigo no ofrece una alternativa más adecuada y ello hace que la conducta tienda a repetirse.

¿Cómo castigar a los niños?

El castigo debe ser siempre una consecuencia de sus actos. No debe entenderse como algo por lo que tienen que pagar por no hacer las cosas bien y cuanto más les afecte o les duela mejor… Sino que deben entender que el haber hecho las cosas de ese modo tiene una consecuencia y esa consecuencias se debe asumir y acatar, y si hubieran hecho las cosas de diferente manera las consecuencias hubieran sido distintas. Por lo tanto, el castigo llegará hasta donde tu creas pertinente.

Pero no hay que pensar que cuanto mayor sea el castigo, más va a aprender; porque los niños pueden llegar a pensar que los padres utilizan el castigo como venganza a un mal comportamiento que les molesta. Esto puede ser realmente peligroso y no educativo precisamente, ni eficaz como ya lo mencioné anteriormente.

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Photo credit: diaryofamadmind

Mamita, educar requiere paciencia y nuestro trabajo como mamás, educadoras o maestras, radica en encaminarlos siempre que sea posible, en mostrar alternativas, en saber negociar elementos que inviten a reflexionar, no sólo sobre el comportamiento considerado inadecuado, sino también sobre las consecuencias que provoca en los demás.

La finalidad, a mi modo de ver, es que los niños sean personas responsables, autocríticas y autónomas pero con valores propios, es decir, siendo a su modo auténticos.

“La autonomía sólo aparece con la reciprocidad, cuando el respeto mutuo es lo bastante fuerte como para hacer que el individuo sienta desde dentro el deseo de tratar a los demás como a él le gustaría que le trataran”. Por ello la lucha debe ir encaminada a crear esa autonomía en los niños. – Piaget

Para conseguirlo es necesaria la vía del diálogo y la comunicación, el ejemplo continuo de los padres en el día a día y la exigencia apropiada, siempre con amor.

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Photo credit: Photo credit: Anaheim Hills Montessori School

El castigo es “el camino rápido” para atajar un problema y su efecto sobre la conducta es temporal.

Difícilmente logra erradicar una conducta negativa de manera duradera y tiende a distanciar a los padres de sus hijos, y por supuesto, a humillar a estos últimos.

La intención, al fin y al cabo, es tratar que los niños sean felices, que los padres sean felices y que la relación entre padres e hijos sea la mejor posible.

Es por ello que hay que tratar de utilizar métodos que no humillen, distancien o sean injustos para los niños (ni para los padres) y castigarles severamente estoy segura que no es uno de ellos.

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¡Hola! Soy Yara. Comunicóloga y Maestra en en Dirección y Gestión de Instituciones Educativas por profesión, y claro, blogger por diversión, amante de la buena risa, las aventuras, la lectura y el café. Me fascina bailar, y por supuesto, hablo hasta por los codos. Soy mexicana y soy muy creativa. Tengo 24 años y estoy comenzando con este rinconcito diseñado totalmente para ti mamita, te preguntarás ¿Por qué? … Sencillo, desde pequeña el tema de los niños y la maternidad han sido algo fascinante en mi vida, he tenido la fortuna de convivir todo el tiempo con los niños, en el trabajo y en casa, de analizarlos, comprenderlos, escucharlos y conocerlos, y no cabe duda que jamás dejarán de sorprenderme. El amor que tengo por los pequeños y lo mucho que han aportado a mi vida profesional y personal ha sido un parteaguas en mi camino. No soy la mejor maestra del mundo, conozco a alguien que si lo es (mi mamá), tampoco soy la voz de la razón, pero me dedico al sector de la comunicación y la educación y como sabemos, la información es poder. Así que si buscas a alguien que resuelva tus dudas, comparta sus experiencias, alguien que te inspire confianza y que tras su experiencia y conocimiento aborde temas de tu interés, déjame decirte mamita que estás en el lugar adecuado. ¿Me acompañas?

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